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El territorio indígena que ahogó la poderosa Hidroituango

Por: Laura Ardila Arrieta| LA SILLA VACÍA

Publicado: Abril 23 de 2019





Plena de líos de planeación y construcción, la que sería la generadora de energía más grande en la historia de Colombia, además, sepultó la casa de los últimos Nutabe, hijos del río Cauca. Ahora les hacen consulta previa.

Hidroituango, la que sería la generadora de energía más grande en la historia de Colombia, por ahora sobre todo produce titulares por sus líos de planeación y construcción, que han mantenido en vilo de eventual tragedia -humana y ambiental- a una zona de influencia en la que viven al menos 167 mil personas y al segundo río del país.

Líos que además generarán sobrecostos de unos 3 billones de pesos, según ha dicho Empresas Públicas de Medellín -segunda ciudad del país-, que es la que hace la mega central hidroeléctrica. Y que han motivado una acción popular de la Procuraduría, investigaciones en la Contraloría y la Fiscalía,  y la suspensión preventiva de algunos trabajos por parte de la autoridad ambiental ANLA (Ver documento).

De eso se ha hablado. Y también, en contraste, de la conveniencia de que al final sí funcione la obra, cuyo costo total estimado es de 14 billones de pesos, de la que saldría el equivalente al 24 por ciento de la demanda de energía actual, en un país que hace 27 años padeció un apagón nacional por causa del fenómeno climático de El Niño.

Aún no se tocan a profundidad las historias ni de toda la plata que se ha movido en el proyecto y exactamente en manos de qué empresas ha quedado, ni de la casi extinta comunidad indígena que después de salir afectada está ejerciendo su derecho a la consulta previa.

En la práctica, ese derecho colectivo de las minorías étnicas a la consulta libre e informada no será previo -como manda la Constitución-, sino posterior porque su territorio ancestral ya quedó sepultado bajo 2.720 millones de metros cúbicos de agua en un embalse.

Dos rostros que evidencian el contraste de la fuerza. El elefante y la hormiga. Goliat y un David más. El peso del negocio en la poderosa región paisa colombiana y los últimos Nutabe: los hijos del río Cauca.  

Un río al que ellos llaman “papá mono”.

***

¿Quién no quisiera un padre así? Un papá así. El padre mono. El papá mono. El papá que lo da todo. Mono por su color chocolate con leche.

 Cada mañana, el río Cauca viajaba desde su nacimiento en las alturas del páramo de Sotará, entre los departamentos de Cauca y Huila, 1.076 kilómetros por las cordilleras Central y Occidental de los Andes hasta el corregimiento de Orobajo, del municipio de Sabanalarga, en Antioquia, para dar sustento a sus hijos.

Oro y pescado. Pescado y oro. Pescado a las 4 de la mañana, cuando hombres y mujeres en grupos de 10 o 15 se arrimaban a la playa del caserío con sus anzuelos y atarrayas. Y también después de las 10, cuando los más animosos ese día decidían continuar la jornada en balsas artesanales -dos troncos amarrados con cabuya- que tomaban rumbo al vecino Ituango.  

Oro siempre. Incluso en verano, con el caudal disminuido. De hecho, mucho más en esas condiciones, en las que recoger y lavar la arena para sacar el metal se hace menos complicado.

El papá mono fue la despensa diaria de los indígenas Nutabe desde que hay registro de su existencia: en las expediciones españolas de la década de 1540, que dieron origen al actual territorio antioqueño.

Siempre pescadores y barequeros. Barequeros, que es como se les dice a quienes extraen oro de los ríos artesanalmente, generalmente con bateas circulares de madera. Siempre a la vera de su padre achocolatado.

Con vocación trashumante por toda el área del llamado cañón del Cauca, en donde el río desciende unos 800 metros para serpentear más estrecho entre las montañas; establecidos principalmente en Orobajo y sus alrededores, la zona más aislada del pueblo de Sabanalarga.

Antes y después de la jornada de río todos los días, el tinto donde el vecino. ¿Cuántos gramos pesó hoy? Estuvo buena la pesca. Mañana bajamos más lejos.

Dependiendo de la necesidad de cada quien, de vez en cuando un viaje en mula hasta Sabanalarga o Ituango para vender oro y hacer mercado de arroz, papa, fríjol, leche, aceite, elementos para el aseo. 

Entre ocho y diez horas yendo y, según la carga de la mula, eso y algo más para regresar a Orobajo, que tenía tres calles, casas construidas con guadua, barro y techos de zinc; una escuelita rural, una cancha en la que se jugaba sobre todo microfútbol, un cementerio, tubería de alcantarillado con agua sin tratar que bajaba de la montaña y un trapiche comunitario para sacar panela.

35 familias, 140 personas, vivían permanentemente allí. 

Algunas tenían cultivos de yuca o plátano. Y gallinas y pavos. Cazaban guaguas, cusumbos y conejos.

Antes y después de comer el pescado de todos los días, a las hamacas. ¿Qué se dice? No me ha devuelto la mula. Juguemos un partidito (de microfútbol, con alguna vereda vecina probablemente).

Más o menos cada ocho días, baile. Con cerveza y chicha y vallenato, reguetón, salsas, rancheras.

Pero los verbos rectores de la vida entonces eran, sobre todo, estos tres: pescar, barequear y descansar.

Todo eso casi siempre en pantaloneta y sin camisa ni zapatos, en el caso de los hombres. Con el vientecito que corre por el cañón del Cauca como caricia permanente en la cara.

–       Con este vientecito…

Un suspiro.

–       Nosotros no necesitábamos cuenta en el banco: nuestro cajero era nuestro papá, que nos daba con nosotros sólo meter la mano. El río siempre ha sido todo para nosotros.

Abelardo David Chanci, Guardia Mayor Nutabe, vuelve a suspirar y entrecierra los ojos, mientras me cuenta parte de esta historia.

Vamos cruzando en un ferri, junto a otras 27 personas, un bus, un taxi y varias motos, sobre el embalse de Hidroituango -la central construida para obtener energía por fuerza hidráulica-, que a destiempo comenzó a llenarse el 28 de abril de 2018, tras la primera emergencia que se registró en la construcción.

Fue el día en que esa megaobra del país, que hasta el momento se levantaba sin grandes ruidos a nivel nacional a su alrededor (aunque, a nivel local, un ingeniero experto que no quiso ser citado me cuenta que siempre se criticó), empezó a contarse como una espiral descendente en modo efecto dominó.

La empresa de servicios públicos domiciliarios EPM de Medellín, la capital de Antioquia, que lidera el proyecto, se ha referido desde entonces al asunto como “la contingencia”, que arrancó así:

El túnel principal para desviar el río Cauca, y permitir los trabajos en seco en la presa, se taponó por un derrumbe. Esto causó que el agua empezara a llenar el embalse, amenazando con pasar encima de la presa, que no estaba terminada.

Es decir, amenazando con destruirla y causar una de las avalanchas del apocalipsis.

Imagínense el miedo: los 2.720 millones de metros cúbicos de agua del embalse, que abarca 3.800 hectáreas y tiene una longitud de 70 kilómetros, derramándose con la violencia de su peso por encima de una presa sin terminar proyectada en 225 metros de altura (29 más que la Torre Colpatria de Bogotá, durante muchos años el edifico más alto de Colombia) y 20 millones de metros cúbicos de volumen, rumbo a las comunidades ribereñas de tres departamentos.

Imagínense el miedo durante un mes seguido: eso duraron cayendo con rapidez inesperada las fichas de dominó aquellos primeros días de emergencia, una con cada mala noticia:

Dos derrumbes más en el mismo túnel auxiliar, que terminó totalmente tapado.

La decisión de EPM de inundar la caverna subterránea (llamada casa de máquinas) que es el corazón del proyecto, pues ahí deben funcionar las turbinas que generan la energía; para evitar que el agua pasara por encima de la presa. (En la casa de máquinas, turbinas y generadores de energía quedaron completamente destruidos y sumergidos).

Una creciente súbita aguas abajo, tras la evacuación por casa de máquinas, que dejó 600 damnificados.

La declaración de situación de calamidad pública que hizo la Gobernación de Antioquia.

Una obstrucción en la casa de máquinas, que impidió temporalmente la salida del agua que se estaba evacuando. 

La orden de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de prender una alerta de evacuación en pueblos de Antioquia, Sucre, Córdoba y Bolívar, afectados por las crecientes del Cauca. 

Un nuevo derrumbe, en la parte alta de la montaña, que obligó a cerrar una vía, y una alerta de movimiento en la roca, que produjo la evacuación de obreros en la presa. 

Casi 24 mil personas en albergues temporalmente.

La virgen María Auxiliadora que un ciudadano regaló a EPM para que vigilara las obras, mientras los trabajadores terminaban la presa contra el tiempo. 

Así. Noticia tras noticia, ficha tras ficha, se fue moviendo entre abril y mayo de 2018 -los meses que marcaron el quiebre- el dominó Hidroituango.

Sobre el ferri que es propiedad del proyecto y fue bautizado como ‘La Tranquilidad’, Abelardo David Chanci, con sus 43 años, ojos monos como el río y piel bronce, lanza con sencillez su sentencia compleja: “Se metieron con la naturaleza y hoy la naturaleza les está cobrando”.

Es febrero de 2019.

Otra ficha del dominó de noticias de Hidroituango cae por estos días:

Para evitar el posible colapso de la estructura en la inundada casa de máquinas, EPM decidió cerrar antes de lo previsto la última compuerta que permite la entrada de agua, que ahora podrá llenar el embalse y pasar sin peligro por encima de un vertedero (que ya está terminado, al igual que la presa), para luego retomar el recorrido del río.

El problema es que no está lloviendo lo suficiente aún. El agua del embalse tardará tres días en subir lo necesario hasta alcanzar el vertedero. Y, en consecuencia, el caudal disminuirá río abajo hasta convertir temporalmente al Cauca en un hilito.

(Efectivamente, en esos tres días el Cauca pasó de 650 a 40 metros cúbicos o menos por segundo. Según la propia EPM, que entonces reportó haber contratado mil personas para rescatar especies, 85.248 peces murieron tras esa disminución del río. Brigitte Baptiste, ecóloga y directora del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, escribió al respecto que la discusión sobre los impactos de esa catástrofe “requerirá un trabajo sereno de años”).

Abelardo y yo nos trasladamos desde un puerto llamado Brujas hasta otro conocido como El Bombillo. 20 minutos de recorrido. Luego seguiremos por tierra una hora larga más hasta Ituango, el municipio del que toma su nombre la central.

Venimos de Medellín. Cinco horas de carretera en dirección al norte antioqueño hasta puerto Brujas. Hace unos minutos pasamos por uno de los dos campamentos en los que viven los trabajadores del proyecto.

Uno se llama Tacuí y el otro Cuní, como las fincas en donde los levantaron. En uno viven 2.500 personas y en el otro unas cuatro mil, entre empleados de EPM, de la empresa que hizo los diseños (Integral S.A.), de la que tiene a cargo la interventoría (Ingetec) y del consorcio que se ganó el contrato para hacer las obras principales (CCC).  

(El consorcio CCC está integrado por las colombianas Coninsa Ramón H y Conconcreto y la brasilera Camargo Correa, una de las multinacionales investigadas dentro del escándalo de corrupción trasnacional conocido como Lava Jato, y cuyos exdirectivos reconocieron haber participado en pagos de sobornos por obras públicas en Brasil, aunque sobre Colombia han dicho que “no hay nada”). 

Cuentan con oficinas y alojamientos en varios bloques de edificios de color blanco. Un centro de monitoreo permanente. Auditorio, salas de juntas, restaurantes. Biblioteca. Gimnasio. Piscina.

Abelardo los conoce por dentro, como mucha de la gente de la zona que alguna vez ha trabajado o prestado algún servicio a Hidroituango.

Abelardo cuenta que les trabajó muchas veces con su lancha. Una de motor que hace siete años le dieron unos pequeños mineros a cambio de oro del barequeo. Se llamaba ‘La Consentida’. Transportó ingenieros y otros empleados. Y, cuando se desató la contingencia, sirvió para rescatar algunos animales de las orillas -como perros y culebras- en riesgo por las crecientes súbitas.

En Orobajo solían usarla como ambulancia cuando se presentaba algún enfermo de gravedad.

Pero Abelardo no nació en Orobajo, me aclara él mismo poco antes de bajar del ferri. Yo vivía y formé familia en Orobajo, pero nací en playa de Iracal, una playita del Cauca, con 11 hermanos, y vendí pescado desde los 15 años entre Ituango y Sabanalarga.

Le decían “El Indio”. Ahí llegó el indio con el pescado. Y también “Cañonero”, como a todos los que viven en el cañón del río.

Ya no vive en el cañón del río. Luego de que Orobajo quedara sumergido por el embalse, se mudó junto a su esposa y tres hijos a Bello, un municipio del área metropolitana del Valle de Aburrá, vecino a Medellín. Es decir, a cinco horas del papá mono y en plena ciudad.

Ya no vende pescado. Ni pesca. Ahora vive de ser cotero (como se les dice a los que descargan los camiones con mercancías) en Medellín. O intenta hacerlo. Para poder trabajar, debe llegar a un barrio del centro, famoso por estar plagado de comercio y de negocios de arreglo de partes de carros, a hacer fila a los transportadores a ver si tienen un cupo y le dan el día laboral.

El barrio se llama Corazón de Jesús, pero le dicen Barrio Triste.

Del oro al Barrio Triste.

De comerse un barbudo, un dorado, un bocachico, una sabaleta, cada vez que quisiera, a tener que comprarlo.

Al poco rato de bajar del ferri, Abelardo la muestra. La señala con el dedo. Asoleada. Oxidada, inservible. Estacionada sobre un pedazo de vía agrietada que el embalse interrumpió: una carretera con aspecto de estar a punto de partirse como galleta. Es La Consentida, su lancha de motor.

Ya no tiene motor. Y tampoco sirve ni siquiera como canoa. Las láminas de su piso están rotas.

–       Hace seis meses la tuve que dejar aquí, me quedé sin nada para mandarla a arreglar, el motor lo vendí.

La Consentida bien podría ser el símbolo del drama de los Nutabe, cuyos líderes nos esperan en Ituango, que es en donde ahora vive, disperso, casi todo este pequeño pueblo indígena:

Aporreada, necesitada. Hecha para el río, pero sin poder estar en él.

En algún momento de abandono, alguien cuya identidad Abelardo dice desconocer le pintó en uno de sus costados un grafiti en letras azules y negras: 

“Desmonten Hidroituango ya”.

***

Los Nutabe no existían. Los indios del cañón, los indios de Orobajo. Ahí viene el indio. Todo eso les decían por los caminos y calles de veredas y pueblos vecinos. Pero ellos no existían.

Sabían que eran indios. Se sentían indios. Lo aprendieron de sus mayores que a su vez lo aprendieron de sus mayores. Sabían que creían en las fases de la luna. Que sus madres pilaban el maíz con las mismas piedras y les daban de comer las mismas hierbas. Que tenían una vida colectiva. Pero no existían.      

Ni siquiera existieron cuando los mataron.

Eso fue en 1998. El 12 de julio. Durante la época -entre mediados de los 90 y 2000- en la que se cometieron más masacres en Colombia.

Los paramilitares, los “mochacabezas”, como se hacían llamar con toda justicia por sus terroríficas prácticas, habían cometido en los años inmediatamente anteriores dos de las matanzas más tristemente recordadas de la zona y del país: las de La Granja (en el 96) y El Aro (en el 97), dos corregimientos del vecino municipio de Ituango.

En ambos casos, las llamadas Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU) acusaron a los campesinos de ser supuestos auxiliadores de la guerrilla. Mataron a 22 en total y causaron el desplazamiento de otros 700, como lo registra el portal especializado Rutas del Conflicto.

Esas dos masacres son relevantes en la historia de Colombia, además, porque la Corte Interamericana de Derechos Humanos responsabilizó de ambas al Estado colombiano. Porque la Corte Suprema de Justicia del país las declaró como crímenes de lesa humanidad. Y porque por ellas tribunales colombianos han pedido investigar al poderoso ex presidente Álvaro Uribe, quien era en ese momento gobernador de Antioquia.

El horror, pues, acechaba entonces por la región. Y por Colombia. Y llegó a Orobajo, también vestido de paramilitar como en La Granja y El Aro, en domingo por la mañana.

La alerta de que algo ocurriría la prendieron unas vacas al salir corriendo.  

El grupo de hombres uniformados y armados irrumpió en el pueblo. En Orobajo y en otra vereda vecina llamada La Aurora. Aseguraron que eran de las Farc, aunque tenían brazaletes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), el nombre que tomaron en todo el país los paramilitares. Obligaron a la gente a meterse a la escuelita. “Para una reunión”, dijeron. Apenas la gente entró, comenzaron a disparar.

Así me lo contaron Abelardo y otros miembros de la Guardia Nutabe que estuvieron ahí.

El portal Rutas del Conflicto detalla que mataron en total a 11.

De Orobajo eran cinco. Mataron a Bernardito. A Floro. A Luis Ángel. Sandra y Ricardo también murieron, pero ahogados porque en la angustia se tiraron al río, que guarda muchos de los muertos de la barbaridad de la guerra colombiana y que varios movimientos han pedido recuperar.

Mataron a Virgilio Antonio Sucerquia, el cacique Virgilio, como le decían; el mayor que fungía como autoridad querida de los Nutabe, que no existían.

Se desplazaron -como habían tenido que hacerlo ya durante el conflicto bipartidista que hubo en Colombia a mediados del siglo XX- y se dispersaron, a los meses fueron volviendo de a poco en medio del miedo. Todo eso, pero no existían. 

No existían al punto que el 14 de febrero de 2008, en referencia al megaproyecto de Hidroituango, el Gobierno colombiano, en cabeza de la Dirección de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, certificó que no se registraba presencia de comunidades étnicas en el área de embalse de la hidroeléctrica. 

Los hijos del papá mono eran invisibles.

Y la certificación era clave para determinar si debía realizarse o no una consulta previa -ese derecho colectivo constitucional que busca proteger y garantizar la participación de las minorías étnicas- antes de que pudiera ponerse la primera piedra de la obra. 

Entonces, una veeduría ciudadana (llamada Veeduría Ciudadana por el municipio de Sabanalarga), del pueblo en donde todo el mundo había visto a los Nutabe vendiendo su pescado y su oro, caminando sus calles, le escribió a la Dirección de Asuntos Indígenas ese mismo año 2008. 

En el escrito la veeduría recordó a esa comunidad -que también tenía algunos miembros viviendo en el vecino pueblo de Peque- y solicitó para ella el proceso de consulta y concertación frente a la hidroeléctrica, que era aún una iniciativa en arranque.  

Asuntos Indígenas contestó en 2011. Tres años después. ¡Tres! Dijo que los Nutabe no estaban registrados ni identificados dentro de los 86 pueblos indígenas del país. Que la veeduría no había enviado “soportes de la existencia de la comunidad Nutabe”, como reza en un documento oficial de la Dirección de Consulta Previa del mismo ministerio. Y que, así las cosas, parecía necesario un proceso para reconocerlos. (Ver documento).

Pero para ese momento, Hidroituango ya andaba en firme: los primeros trabajos físicos habían arrancado, contaba con licencia ambiental y EPM acababa de firmar el contrato por el cual quedó a cargo de construir, operar y mantener la central durante 50 años, para luego transferirla a la sociedad dueña del proyecto

Esa sociedad se llama Sociedad Hidroituango y entre sus dueños tiene a la propia EPM.

Ver contratos:CONTRATO HIDROITUANGOAMBIENTAL Y SOCIALOBRASCALAMIDAD PÚBLICAEQUIPOS

Hidroituango entonces tenía incluso ya parcialmente el censo y la caracterización que la ley exige establecer de las personas y poblaciones afectadas por las obras y que EPM arrancó desde 2006.

Aunque esa caracterización se ha ido ajustando con los años, de acuerdo con los diseños y a la construcción de la central, en la información oficial de EPM consta que desde el principio la vereda Orobajo estuvo considerada como sujeto de medidas de restitución porque el embalse los iba a inundar. (Ver respuesta escrita de EPM).

La vereda Orobajo, poblada en su totalidad por los indígenas del cañón del Cauca -los indios del cañón- que localmente cualquiera podía identificar.

Debido al censo, los Nutabe estuvieron conscientes desde muy temprano de que la llegada del progreso en forma de central hidroeléctrica de alguna manera iba a afectar su territorio ancestral.

Fue hasta 2014, no obstante, que empezaron un proceso para organizarse y preguntar cómo y por qué y exigir sus derechos.

Los Nutabe no sabían que tenían derechos.

Ese año un antropólogo llamado Jorge Eliécer David Higuita, vinculado a la Organización Indígena de Antioquia (OIA) y con relaciones familiares en la comunidad, comenzó a ayudarlos en su trámite de autoreconocimiento y registro como pueblo indígena oficial ante el Ministerio del Interior: lo primero era existir para poder seguir existiendo.

Jorge Eliécer se ayudó con algunos registros que había en la Universidad de Antioquia. En esta empresa los acompañó desde el principio la Defensoría del Pueblo.

Por sugerencia del antropólogo, el paso uno fue hacer una asamblea en el pueblo, elegir formalmente a sus autoridades indígenas y tomar posesión como cabildo en la Alcaldía de Sabanalarga. Así lo hicieron el 7 de diciembre de 2014.

Un mes después, en enero de 2015, con esa acta de posesión en mano, ya sí fueron a pedir en la Dirección de Asuntos Indígenas del Ministerio su reconocimiento e inclusión en el registro de pueblos indígenas del país.

El trámite, les dijeron allí, no sería breve, iba a requerir de estudios históricos, jurídicos y antropológicos que tomarían tiempo en el caso de una comunidad que había permanecido hasta entonces en cierto aislamiento y anonimato más allá de lo local, y de la que no se tenían referencias en los registros institucionales.

No sería breve, pero había arrancado.

Al mes siguiente, EPM, que no sólo tenía la certificación de 2008, sino que contaba con certificaciones de 14 años hacia atrás, en las que entidades como el Ministerio del Interior, la Secretaría de Asuntos Indígenas de Antioquia y el antiguo Instituto de Desarrollo Rural (Incoder), hacían constar que en el área de influencia de Hidroituango no existían minorías étnicas, volvió a solicitar a la Dirección de Consulta Previa del Ministerio una nueva certificación en ese sentido.

¿Hay presencia o no de comunidades étnicas para el proyecto Hidroeléctrica Ituango, localizado en jurisdicción del municipio de Sabanalarga, Liborina, Buriticá, Olaya, Santa Fe de Antioquia, Peque, Yarumal, Valdivia, San Andrés de Cuerquia, Toledo, Briceño e Ituango, departamento de Antioquia?

La empresa de manera puntual, además, preguntó a la Dirección de Consulta Previa por “la comunidad Nutabe de Orobajo que se reivindica como pueblo indígena”, como reza en la certificación oficial.

El 14 de mayo de 2015, esa Dirección del Ministerio del Interior volvió a contestar y a certificar: no hay. (Ver certificación).

No se había surtido el trámite para el registro de los Nutabe, los Nutabe seguían sin existir.

Aunque, de todas maneras, en el documento oficial sí quedó detallado que el proceso de reconocimiento se estaba adelantando en la Dirección de Asuntos Indígenas.

Ese mismo año 2015, a la luz de esa nueva certificación de inexistencia de los indígenas, EPM empezó un proceso de concertación individual con las 35 familias, 140 personas, de Orobajo, para su reubicación fuera de la vereda: restituirles sus viviendas y garantizarles proyectos productivos. 

Salieron dispersos. Los primeros en 2015. Los últimos en 2017. Cuatro familias a predios urbanos en Sabanalarga y las 31 restantes repartidas entre ocho veredas y el casco urbano de Ituango.

En EPM destacan que cuentan con todos los documentos, como actas de socialización y asambleas, que soportan esas concertaciones.

El 17 de marzo de 2017 salió el último Nutabe de su territorio ancestral en Orobajo, como lo cuentan en la propia comunidad.

Y el 19 de mayo del mismo año, dos meses y dos días después, salió (por fin) la resolución 0071 de la Dirección de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior que ordena inscribir en el registro oficial de comunidades indígenas del país a “la Comunidad indígena de Orobajo del Pueblo Nutabe”, que tiene a sus familias regadas en los pueblos de Sabanalarga, Peque e Ituango. (Ver resolución).

La decisión está basada en un estudio de 236 páginas que Asuntos Indígenas asegura haber arrancado en atención a la solicitud de la veeduría ciudadana de Sabanalarga, que desde 2011 alzó la mano para pedir la reivindicación de esa comunidad.  

Se titula: “La comunidad indígena de Orobajo, del Pueblo Nutabe, ubicada en el área rural de los municipios de Sabanalarga, Peque e Ituango, departamento de Antioquia. Historia de su proceso de resistencia, desde la conquista hasta nuestros días”. (Ver estudio Nutabe).

En resumen, dice que los Nutabe tienen todas las características definidas por la ley para ser considerados comunidad indígena: ascendencia amerindia, conciencia de su identidad, costumbres compartidas, formas de organización propias.  

Más allá, es la historia detallada de los Nutabe y de los últimos Nutabe. El testimonio escrito y oficial de que esa comunidad indígena nativa, esa familia extensa unida por lazos de compadrazgo y vecindad, ha tenido al cañón del Cauca como techo desde la época prehispánica. 

Que, tras la llegada de los españoles, integraron el Resguardo Indígena de San Pedro de Sabanalarga, en lo que hoy es el municipio del mismo nombre, y que en los siglos XVII y XVIII llegaron a ser uno de los pueblos indígenas más importantes de Antioquia.

Lo que pasó es que a finales del XIX, cuando llegó la República y se propuso la disolución de los resguardos, fueron desapareciendo del mapa mental del departamento y de las referencias del nuevo orden que recién nacía.

Ellos resistieron al olvido y a la violencia moviéndose por los lugares más remotos del cañón, manteniendo siempre sus vínculos comunitarios estrechos. Desde los inicios de sus tiempos han explotado artesanalmente oro en el Cauca, y el centro de su territorio es Orobajo.

Todo eso dice el estudio y ratifica la resolución.

57 familias, 176 personas, reconoció el Estado como pueblo Nutabe en esa resolución.

Los Nutabe, los últimos Nutabe, por fin existen.

***

El guardia mayor Nutabe Abelardo David Chanci toma impulso como si se fuera a poner de pie, carraspea y señala con el índice derecho hacia el piso: 

–       Aquí ya estamos sobre el caserío.

Una lluvia de murmullos se desata en la lancha, que inmediatamente se detiene y comienza a bambolearse por la brisa en la mitad del embalse. 

–       No, estamos más abajo, no ve que no se alcanza a ver la cañada de donde venía el acueducto.

–       Yo creo que es una miguita más arriba, recuerde que en Orobajo el Cauca cogía una curva.

–       Yo digo que sí es aquí porque, vea, allá se ve el camino que viene de La Aurora y esta que está al frente era la loma para salir a Peque. 

Sus compañeros de la autoridad indígena no se ponen muy de acuerdo entre sí, así que el muchacho conductor, que no es Nutabe y fue contratado para este viaje expreso, vuelve a encender el motor y arranca despacio mientras la gente decide.

Es el viaje de la nostalgia. El que se hace, así sea sin querer, para perseguir recuerdos. En este caso, para estar literalmente encima de los recuerdos.

Venimos de Ituango, en donde Abelardo me presentó a las autoridades del cabildo, incluyendo al cacique gobernador Eddy León Sucerquia Feria, hijo del viejo cacique Virgilio Sucerquia que los mochacabezas paramilitares le arrebataron a este pueblo hace 21 años. 

(“Si el cacique Virgilio estuviera con nosotros todo sería distinto”. “Todo esto se descuadra es porque no está el cacique Virgilio, él nos hubiese defendido”. “El cacique Virgilio nos hubiera mantenido unidos porque él fue el que nos enseñó que todo tenía que ser compartido”. Le oí decir a varios en ese encuentro).

Diez Nutabe, Carlos, el fotógrafo; Hernando, el camarógrafo, y yo vamos en la embarcación de tamaño mediano tras el rastro de Orobajo ahogado por Hidroituango.

Trato de concentrarme únicamente en las añoranzas indígenas, pero por los laditos no puedo dejar de recordar los millones de metros cúbicos de agua sobre los que nos encontramos, el cierre de la compuerta de la casa de máquinas que ocurre por estas horas, el riesgo de colapso si eso no sale bien, el colapso, la avalancha del apocalipsis…  

–       Mire, mire que sí es aquí, porque por esta loma quedaba la escuela. Toooodo esto era un llano seco. Ay, ¡hubiéramos traído para pescar!

Edelider de Jesús Zapata Valle, el vicegobernador del cabildo, pone fin al debate sobre el punto de destino y la lancha vuelve a detenerse, esta vez, en una playita del embalse por donde se logra caminar unos cuantos metros antes de que arranque la subida de la montaña.

Nos bajamos. Los Nutabe no se ven nostálgicos ni tristes. O sí. Ellos son un pueblo triste. Pero también sonríen con emoción señalando: para allá quedaba mi casa, frente a esa piedra era la cancha, por este caminito bajaba yo con mis mulas cargadas de mercado.

Y con el contraste vuelve el pesar: ya no viven aquí ni juegan aquí ni bajan con sus mulas por aquí. Ómar de Jesús Sucerquia González, otro guardia mayor, me cuenta que hay noches en las que su mujer todavía se levanta llorando por el desarraigo.

Ni siquiera les queda el consuelo de estar todos juntos en el mismo sitio, la cohesión, cuya carencia es justamente lo que más pone en riesgo su cultura y los tiene sufriendo. Debido a los proyectos productivos que concertaron con EPM, ahora la mayoría se dedica a sembrar café en distintas veredas.

Eddy detalla aún más el lamento Nutabe…

Ni la violencia de los armados -entre los que no sólo han estado los paramilitares, sino también en un tiempo la otrora guerrilla de las Farc y permanentemente personajes oscuros dedicados a la minería ilegal a gran escala- había logrado arrebatarles a los Nutabe su territorio, como dice el vicegobernador Edelider…

La convivencia es precisamente uno de los centros de sus argumentos en la consulta previa que, aseguran en el Ministerio del Interior, avanza entre los Nutabe y EPM y podría quedar oficializada entre fines de abril y mitad de 2019.

El paso a paso oficial es que la empresa y los indígenas se sientan en mesas con el Gobierno de garante, determinan los impactos causados y acuerdan unas medidas de manejo. 

La consulta Nutabe no va a parar Hidroituango. En medio de sus desaciertos, la central ya es una realidad del cañón del Cauca y de Colombia.

Pero es la evidencia de que las piedritas de la honda de David pueden alcanzar a Goliat, así no siempre lo tumben.

En concreto, ellos reclaman un territorio colectivo que se pueda convertir en resguardo y cuente con la infraestructura comunitaria básica que tenían. Ese es su punto principal.

Eso sí, siempre que quede a la vera del Cauca, del mono, del papá mono que todo les dio.

“Si nos quieren quitar este río, que nos den otro”, como reafirma Abelardo, a sus pies…

Por ahora, ni lugar para llorar sus muertos tienen los Nutabe.

Los restos del cementerio están en custodia del laboratorio de osteología de la Universidad de Antioquia, a la que EPM contrató para realizar la exhumación e identificación (también lo hizo en el caso de otros dos cementerios inundados, uno en Peque y otro en Buriticá). 

Al informarlo, EPM destaca que lo hizo con consentimiento, conocimiento y participación de la comunidad.

–       Ah, es que así hicieron todo, muy concertado, pero aquí venían sus trabajadores a decirnos que nos tocaba, que no había otra opción, nos decían ‘esta represa si firma va y si no firma va’, una funcionaria en la Gobernación una vez me preguntó que por qué veníamos a aparecer últimamente, ¡nosotros no venimos a aparecer!, ¡nosotros siempre hemos estado aquí!

Al guardia mayor Nutabe Abelardo David Chanci le brillan los ojos con un brillo ancestral. Con un brillo que ha iluminado este cañón desde tiempos inmemoriales.

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